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Diagonal núm.1 08019 Barcelona
Francesc Abad


Las voces bajas del pasado frente a la utopía degenerada
Jordi Font i Agulló


El espacio público como palimpsesto
Ivan Bercedo
Jorge Mestre



¿Quiénes fueron los fusilados?
Marga Gómez


Una nueva e imprevisible experiencia
Dolors Juárez Vives
Jordi Ribas Boldú



Lugares de olvido
Manuel Delgado


El arte y la historia ante la espectacularización del testimonio
Jordi Font i Agulló


Francesc Abad. Experimentación y subalternidad
Josep M. Lluró


Archivo Abierto / Inventario Imposible



De la experiencia del testimonio
Francesc Abad


Associació pro Memòria als Immolats per la llibertat de Catalunya



¿Quiénes fueron los fusilados?


La historia local ha sido muy frecuentemente menospreciada, e incluso denostada. Estas críticas no dejan de tener un cierto fundamento, si nos referimos a aquella manera de hacer historia que parte de las anécdotas como simple ejercicio cronológico. Han hecho falta muchos años y nuevas generaciones de investigadores para que la historia local vuelva a ocupar el lugar que nunca debió haber perdido: el de ser el punto de partida de la historia general. Sólo conociendo el detalle de los acontecimientos podremos llegar a entender muchos de los mecanismos por los que se ha movido la historia de nuestro país o de cualquier otro.

La experiencia del trabajo iniciado por Francesc Abad sobre el Camp de la Bota es un magnífico ejemplo de la importancia fundamental de la investigación a nivel local. Se parte del magnífico trabajo de Josep M. Solé i Sabaté, La repressió franquista a Catalunya, 1938-1953, que ha sido contrastado con la lista oficial de fusilados en el Camp de la Bota. La investigación local nos ha permitido saber con detalle quiénes fueron las víctimas de la represión franquista y saber cosas sobre ellos de boca, muchas veces, de sus familiares y amigos.

Combinando la investigación documental con la historia oral, absolutamente imprescindible en un tema como este en el que los sentimientos están a flor de piel, hemos llegado a completar lo que en un principio sólo era una fría relación. Ahora, en todos los pueblos y ciudades donde se ha llevado el proyecto expositivo del “Camp de la Bota”, sabemos qué rostro tenían, qué hacían, quién era su familia, qué pensaba la gente de ellos. En definitiva, hemos podido humanizar los nombres hasta el detalle de remover la conciencia de los visitantes de la exposición. Desde el momento en que un joven, fusilado cuando todavía tenía toda una vida por delante, nos mira fijamente con sus ojos vivos a través del retrato, su historia ya no puede dejarnos indiferentes.

Además del aspecto más humano y familiar de las víctimas, la investigación nos ha ofrecido unos elementos que, desde el punto de vista historiográfico, tienen aún más valor. Ahora sabemos qué filiación política y sindical tenían, qué cargos municipales ostentaron, qué ateneos o sociedades frecuentaban.

Incluso más. La documentación local no ha permitido saber cuáles eran las acusaciones que sobre ellos se formularon. Más allá de delitos de sangre o acciones violentas, los informes que se elaboraban para presentar como pruebas inculpatorias a los consejos de guerra hablaban de conducta moral, de ideas religiosas, de adhesión a la rebelión (que en estos casos siempre quería decir haber luchado por la República), y, sobre todo, de si podían considerarse “dignos de vivir en la nueva España”.

La metodología de trabajo ha sido similar en todos los casos. Primeramente se ha procedido a localizar parientes vivos de los fusilados gracias a la investigación en los padrones y los diferentes registros de población de cada municipio, desde los próximos a 1939 hasta los actuales. Esto nos ha permitido acceder a personas, generalmente hijos, que nos han dado información de primera mano sobre sus parientes fusilados. Ellos nos han facilitado documentos personales y fotografías que se han incorporado a la exposición y la web. Sin embargo, en la mayoría de los casos la represión contra los familiares que siguió a las causas militares, el miedo y los cambios de domicilio, hicieron que muchos documentos fuesen destruidos o que se perdieran. No hay que olvidar tampoco que la fotografía era un elemento escaso y caro en la vida cotidiana y que se reservaba para ocasiones especiales. Debido a esto, en muchos casos hemos tenido suerte si hemos encontrado una única fotografía.

Hemos recogido estos testimonios directos en unas grabaciones que han sido incorporadas a la exposición. Superadas las reticencias iniciales de muchos de los familiares a explicar su tragedia, que en muchos casos habían escondido durante años, nos ofrecieron una visión sentida y sobrecogedora de sus recuerdos.

La búsqueda de testimonios vivos se completó con la investigación documental. Los archivos municipales conservan en sus fondos documentos de gran valor sobre la represión y que frecuentemente no han sido trabajados por los investigadores. Además de las series documentales que nos proporcionan datos sobre las personas y sus actividades (padrones de población, cédulas personales, contribuciones, etc.), muchos archivos conservan los informes que se elaboraron en los municipios sobre las personas juzgadas.

Estos informes eran elaborados por algún falangista destacado del municipio a partir de datos facilitados por informadores que, en muchos casos, no dudaban en facilitar su nombre. Muchas veces era el alcalde quien recogía este informe y lo enviaba al tribunal militar correspondiente. En algunos casos los informes también los podía redactar un sacerdote o un guardia civil. La investigación documental ha sido completada con datos de los fondos de cárceles que se conservan en el Arxiu Nacional de Catalunya.

De la valoración de los datos recogidos por este proyecto podremos extraer, al final, conclusiones interesantes y muy valiosas. En algunos casos podremos aportar pruebas fehacientes de intuiciones que ya teníamos o de dinámicas que se apuntaban. En general, podremos constatar que las víctimas de la represión no habían hecho nada que, en ningún caso, justificase las penas sumarísimas a que fueron condenadas. Fueron pocos los que podían ser acusados de algún delito de sangre que no se hubieran exiliado. Por eso era necesario castigar a alguien, aunque fuese arbitrariamente. Ni siquiera en los pocos casos de personas a las que se atribuían asesinatos fue merecido el trato que recibieron ni el juicio a que fueron sometidos sin las más mínimas condiciones de imparcialidad.

La personas fusiladas en el Camp de la Bota tenían ideologías diferentes y compromisos políticos y sindicales de diverso grado. Sin embargo, todos ellos compartían el amor a la familia, lo que les hizo quedarse en su pueblo o ciudad aun cuando su vida corría peligro. No fueron conscientes de a qué se exponían.

Estaban convencidos de que no habían cometido ningún delito que justificase el exilio. Pero se equivocaron. Para el régimen franquista, cualquier defensor de la República era un enemigo y como a enemigos se les trató. Regidores, alcalde, payeses, obreros… todos fueron pasados por las armas después de un consejo de guerra fraudulento. Como escribían los delatores: “No eran dignos de vivir en la nueva España”. Aquella no era la España que querían y por eso habían luchado y por eso dieron su vida. De su muerte, y de la de tantos miles de personas, surgieron décadas de tinieblas para todos.



Marga Gómez