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Diagonal núm.1 08019 Barcelona
Francesc Abad


Las voces bajas del pasado frente a la utopía degenerada
Jordi Font i Agulló


El espacio público como palimpsesto
Ivan Bercedo
Jorge Mestre



¿Quiénes fueron los fusilados?
Marga Gómez


Una nueva e imprevisible experiencia
Dolors Juárez Vives
Jordi Ribas Boldú



Lugares de olvido
Manuel Delgado


El arte y la historia ante la espectacularización del testimonio
Jordi Font i Agulló


Francesc Abad. Experimentación y subalternidad
Josep M. Lluró


Archivo Abierto / Inventario Imposible



De la experiencia del testimonio
Francesc Abad


Associació pro Memòria als Immolats per la llibertat de Catalunya



Lugares de olvido


Hace ya algún tiempo que los historiadores franceses pusieron de moda el concepto de lugar de la memoria. Con él se aludía al espacio en el cual se produce un retorno reflexivo de la historia sobre sí misma, es decir el espacio en el que se elabora el pasado. De hecho, concluyentemente la idea misma de lugar de la memoria no dejaba de incorporar un cierto malentendido, pues constituye un pleonasmo: un lugar sólo existe porque la memoria, de una u otra forma, lo identifica, lo sitúa, le da nombre y lo integra en un sistema cosmológico más amplio. Es la memoria la que perfila un lugar a fin que un orden enunciativo pueda decir o pensar de él alguna cosa que para él o en él es recordada. Un lugar lo es en tanto que ha servido para establecer correspondencias que permiten dibujar una cruz sobre la superficie de un territorio, para señalar en él la existencia de algunas propiedades lógicas, entre las que destaca la de una inalterabilidad más duradera que la de las palabras, los hechos o los actos.

Ahora bien, de igual manera que en historia o antropología se habla a menudo de estos lugares de la memoria, sería igualmente pertinente hacer lo mismo con otra noción, la de lugar de olvido, que no ha tenido tanto éxito, a pesar de ser lo más adecuado para definir el resultado de ciertas operaciones políticas y urbanísticas contemporáneas. Sin duda, las asociadas al Fórum Universal de las Culturas serían la apoteosis. Cabe especificar que esta idea de lugar del olvido no es original. Se adopta aquí la de Jonathan Boyarin que la utiliza para referirse a la ocultación del barrio pobre de Lower East Side, a favor de la exaltación de Brooklyn, con el propósito de construir una memoria étnica urbana “pertinente” de los judíos de Nueva York (“Un lieu de l’oubli: el Lower East Side dels Juifs, Communications, 49). El caso de la remodelación de una parte del litoral barcelonés en nombre de una presunta exaltación de la paz –patrocinada por empresas involucradas en la industria militar-, la sostenibilidad –con una actuación urbanística extremadamente agresiva tanto con el nicho ecológico como con la propia trama urbanística preexistente- y la diversidad cultural -en un país donde rige una ley de extranjería incompatible con los derechos humanos- se parece bastante a lo que nos describe Boyarin en su artículo sobre el Nueva York judío. En nombre de un perfil de ciudad al servicio de las técnicas de marketing urbano, destinadas a venderla como un producto de consumo dirigido a inversores y turistas, se despliega un colosal mecanismo de liquidación de un pasado considerado inadecuado con la nueva imagen que se quiere ofrecer de Barcelona.

La magna operación de reforma que se esconde bajo la pomposidad del Fórum 2004 no es tan sólo una expresión extrema de terciarización, tematización y reapropiación capitalista de la ciudad. Es también un inmejorable exponente de como se puede manipular la historia de una ciudad a base de impostar una memoria artificial, adecuada a los intereses políticos y económicos dominantes y, al mismo tiempo, eludir los aspectos indeseables –por feos o por inconvenientes- de su pasado real. Lo habíamos visto abundantemente en las últimas décadas en el caso de Barcelona y lo continuamos viendo en este último episodio de amnesia pública que es el Fórum. El litoral de la ciudad ya había sido objeto de un tratamiento propagandístico institucional interesado en promocionar la idea de “recuperación del frente marítimo” y de un necesario enaltecimiento de la “mediterraneidad”, como correspondía a una capital que había sido culpabilizada de haber vivido “de espaldas al mar”. Esta campaña publicitaria “olvidaba” que durante décadas, miles de personas vivieron literalmente en la playa, en los grandes asentamientos de barracas del Somorrostro, El Bogatell, El Camp de la Bota, la Mar Bella, El Pequín, es decir justamente en estos lugares en los que ahora se levanta la nueva Barcelona desconflictivizada y exclusiva que sus diseñadores sueñan -inútilmente, por cierto. Oficialmente aquella enorme subciudad de barracas no existió nunca o aquellos no eran auténticos barceloneses. Antes del borrón y cuenta nueva realizado en nombre del gran circo de las culturas –que es lo que es el Fórum y no otra cosa- esta misma manía por exaltar los “valores marítimos” de Barcelona no fue ningún obstáculo para eliminar los entrañables chiringuitos de la Barceloneta. O para que la zona comercial del Hotel Arts, a la sombra del pez de Franz Gehry, devorase buena parte del paseo marítimo. O para que las viviendas de alto standing y los hoteles del flamante nuevo barrio de Diagonal Mar acabasen erigiendo entre la ciudad y la playa una muralla mil veces peor que la que, en otra época, supusieron las vías del tren. ¿Son muestras de “recuperación del mar”, violaciones del horizonte como el Imax del Port Vell o el World Trade Center, las cuales amputan la desembocadura visual de las Ramblas?

La naturaleza última de la “apertura al mar” de Barcelona se revela un puro simulacro y un engaño. Barcelona debe ser la única ciudad del mundo que tiene un muelle donde nunca ha recalado ningún barco: el del Maremagnum que, en efecto, tuvo finalmente que instalarse un barco en aquel lugar con el fin de justificar su declaración de zona portuaria y permitir que sus comercios abrieran los días festivos. Antes de empezar las obras de remodelación del litoral barcelonés, muy cerca de lo que sería la playa de la Mar Bella, en el barrio del Poblenou, se pudieron apreciar restos de un buque que estaban dispersas y que ofrecían el cuadro de lo que había sido un naufragio o una encalladura. Una quilla, un respiradero, parte de un puente. Después, estos restos acabaron presidiendo una de las zonas ajardinadas. Esta claro que todo estaba preparado con el propósito que se tuviera la percepción de que aquello era una de las pruebas del pasado marinero e, incluso, épico de aquella parte del litoral. En realidad era un fraude, la preparación tramposa de un escenario de cartón-piedra para la evocación de hechos que nunca habían tenido lugar. La chatarra había sido trasladada deliberadamente desde el puerto y correspondía a un barco de Liberia destinado al desguace. ¡Qué magnífico ejemplo de memoria inventada, concebida con el objetivo de suplantar la memoria destruida!

Al lado de esta omisión de la verdad de una ciudad que, no es que viviese de cara al mar, sino que lo había hecho literalmente en la playa, otra tergiversación resulta aun más dolorosa. La que hace referencia a aquel parapeto del que nos habla Francesc Abad a través de su trabajo. Aquel parapeto que estaba donde ahora se levantan las magníficas obras de arquitectos estrellas, bajo los espacios públicos “de calidad” en los que miles de personas practicarán una urbanidad sosegada y previsible. Contra aquel muro, en el Camp de la Bota, un número difícil de calcular de personas –centenares, más de mil seiscientas como mínimo- fueron fusiladas a la largo de los años cuarenta y hasta incluso en vísperas del Congreso Eucarístico de 1952. Nadie ha pensado en ellas en el momento de elaboración de planes, proyectos, maquetas, prospectos de promoción, campañas publicitarias. La única –y dignísima- excepción es el muro que Josep Lluís Mateo alza en el flanco norte de la sede del Palacio de Congresos: una pared picada cuyas deformaciones evocan los impactos de bala de aquel otro muro que allí mismo había sido el lugar de una mortificación humana practicada sistemáticamente y en masa.

¿Por qué cabe recordar que es necesario olvidar? ¿A quién le interesa tener en cuenta todo aquello? ¿Y por qué? ¿No es mejor proclamar a voces –sin decirlo- que el parapeto no existió, que los centenares de fusilados allí nunca fueron fusilados? Porque nadie fue fusilado allí ni en ninguna parte, nadie fue perseguido en esta tranquila ciudad que hoy abre sus puertas al abrazo cósmico entre culturas. Aquí nadie fue torturado, nadie murió acribillado, porque no hubo ninguna guerra, ni ninguna posguerra, ni barracas, ni miserables, ni mucho menos paredones. Antes del Fórum, no había nada. Un espacio vacío y virginal que esperaba ansioso la llegada de los arquitectos y los publicistas, impaciente de ser rescatado de la nada en que se encontraba. Triunfo absoluto de una ciudad sometida a la estética Benetton, sin pasado, o mejor dicho, con un pasado inventado.

Ojalá que ellos, los muertos del Camp de la Bota, nos hagan pagar el pecado imperdonable de nuestro olvido. Porque ellos continúan allá; sus cuerpos nunca van a ser retirados, continúan amontonados allí mismo, uno sobre otro, en una pila inmensa que nadie ve, pero que allí está. El hedor que se quiere esconder no es el de la depuradora sobre la que se erigen las construcciones y los espacios del Fórum. El hedor es el de los cuerpos putrefactos de los muertos que se niegan a irse. Puede ser que un día, a la hora del alba, en el momento de los ajusticiamientos, los espectros de los ejecutados despierten para rendir cuentas a la ciudad que se atrevió a negarlos, a ellos y a la deuda que con ellos había contraído y que nunca les podrá pagar. Los visitantes del Fórum no saben que caminan entre fantasmas que les odian, porque odian –con razón- el descuido al que se les condena.



Manuel Delgado